Cuando hablamos de acoso escolar, solemos pensar en dos personas: quien ejerce el acoso y quien lo sufre. Y, por supuesto, nuestra primera responsabilidad es detener las conductas que hacen daño y proteger a quien las está sufriendo.
Pero hay algo que no podemos perder de vista: el acoso escolar ocurre dentro de un grupo.
Hay compañeros que observan, que ríen, que participan o que guardan silencio. Y esto también sucede en el ciberacoso, cuando una humillación continúa a través de mensajes, imágenes o vídeos que otras personas comparten.
¿Qué podemos hacer desde los centros educativos y las familias para prevenir estas situaciones? ¿Estamos enseñando a nuestros niños y niñas a reconocer el daño, respetar a los demás y actuar cuando alguien necesita ayuda?
Desde la Disciplina Positiva podemos trabajar habilidades que son fundamentales para construir relaciones más respetuosas.
El acoso escolar y la necesidad de pertenecer al grupo
En mi libro Navega hacia tu bienestar explico dos necesidades humanas fundamentales desde la psicología adleriana: la pertenencia y la significancia.
Todas las personas necesitamos sentir que formamos parte de un grupo, que somos importantes, que nos tienen en cuenta y que podemos contribuir.
Estas necesidades también están presentes en las relaciones entre compañeros de clase.
Desde la Disciplina Positiva entendemos que todo comportamiento tiene un propósito y que, para comprender una conducta, es importante mirar más allá de lo que vemos.
Esto no significa que todos los comportamientos tengan la misma explicación. Tampoco que debamos justificar una conducta agresiva porque comprendamos las necesidades de quien la realiza.
Comprender lo que hay detrás del comportamiento nos ayuda a educar. Poner límites y proteger a quien sufre es imprescindible.
Ante el acoso escolar, necesitamos actuar sobre las conductas que hacen daño, pero también prestar atención a las relaciones y dinámicas que se están desarrollando dentro del grupo.
El sentimiento social: aprender a tener en cuenta a los demás
Hay otro concepto de Alfred Adler que considero fundamental para la educación: el sentimiento social.
Se refiere a nuestra capacidad para sentirnos parte de una comunidad, tener en cuenta a los demás y contribuir a su bienestar.
Y esto también se aprende.
Imaginemos que un alumno se burla de otro delante de varios compañeros. Algunos se ríen, otros permanecen callados y quizá alguno se siente incómodo, pero no sabe cómo actuar.
Además de intervenir ante la conducta, necesitamos trabajar con el grupo.
¿Son conscientes de cómo puede sentirse esa persona? ¿Comprenden que sus reacciones también influyen en lo que ocurre? ¿Saben que pueden acudir a un adulto cuando presencian una situación que hace daño?
En Navega hacia tu bienestar propongo una forma muy sencilla de fomentar el sentimiento social: ayudar a los niños a entender cómo sus acciones afectan a otras personas.
Por ejemplo, podemos cambiar nuestra forma de explicar una conducta.
En lugar de decir «Si le pegas a tu amigo, te la va a devolver», podemos decir «Si le pegas a tu amigo, le duele».
La diferencia está en dónde ponemos la atención: en el castigo que podemos recibir o en cómo nuestras acciones afectan a los demás.
Aprender a convivir también significa comprender que el bienestar de las otras personas nos importa.
¿Qué podemos hacer para prevenir el acoso escolar desde el aula?
La prevención necesita formar parte de la vida cotidiana de los centros educativos.
No podemos esperar a que aparezca una situación de acoso para empezar a trabajar el respeto mutuo, la cooperación y las habilidades sociales.
Desde la Disciplina Positiva propongo tres prácticas que pueden incorporarse al trabajo habitual con el alumnado.
1. Reuniones de clase para aprender a escuchar y cooperar
Dedicar unos veinte minutos semanales de tutoría a una reunión de clase puede ser una buena oportunidad para desarrollar habilidades de convivencia.
Sentados en círculo, los alumnos pueden aprender a escucharse, reconocer las aportaciones de sus compañeros, expresar sus opiniones y buscar soluciones a problemas cotidianos del grupo.
El objetivo es que experimenten lo que significa participar, contribuir y sentirse tenidos en cuenta.
Estas reuniones son espacios educativos para trabajar la convivencia. No deben utilizarse para exponer públicamente a quien sufre acoso ni para resolver delante del grupo una situación que necesita una intervención específica.
2. Construir normas y acuerdos con el alumnado
Poner límites es una parte imprescindible de la educación.
Pero podemos trabajar esos límites favoreciendo que los niños y niñas comprendan por qué son necesarios y cómo contribuyen a que todas las personas se sientan respetadas.
Cuando invitamos al alumnado a participar en la elaboración de acuerdos de convivencia, estamos trabajando su responsabilidad y su sentido de pertenencia.
Por supuesto, hay límites que no están sujetos a negociación. La violencia, las humillaciones y las conductas que dañan a otras personas no pueden aceptarse.
La Disciplina Positiva nos invita a ser amables y firmes al mismo tiempo: respetar a las personas y mantener los límites necesarios.
3. Aprender a enfocarnos en soluciones
Otro principio fundamental de la Disciplina Positiva es considerar los errores como oportunidades de aprendizaje.
Ante los problemas cotidianos de convivencia, podemos ayudar a los niños a reflexionar sobre lo ocurrido y buscar soluciones que les permitan desarrollar nuevas habilidades.
En Disciplina Positiva utilizamos las tres R y la U para valorar las soluciones:
- Relacionadas con lo ocurrido.
- Respetuosas con todas las personas implicadas.
- Razonables, es decir, proporcionadas.
- Útiles para resolver el problema.
No buscamos únicamente una respuesta inmediata. Queremos que aprendan habilidades que puedan utilizar a lo largo de su vida.
En las situaciones de acoso escolar, este enfoque educativo nunca sustituye la protección de quien sufre, las actuaciones establecidas por el centro ni las medidas necesarias para detener la violencia.
¿Qué hacer si tu hijo o hija está sufriendo acoso escolar?
Una de las claves que más trabajo con las familias es la conexión antes que la corrección.
Cuando nuestros hijos nos cuentan algo que les preocupa, necesitan sentir que los escuchamos, que tomamos en serio sus sentimientos y que pueden confiar en nosotros.
Si sospechamos que están sufriendo acoso escolar, es importante escuchar sin interrogar, evitar minimizar lo que cuentan y actuar para garantizar su protección, comunicándolo al centro educativo para que se apliquen las actuaciones correspondientes.
No podemos pedirles que resuelvan solos una situación de violencia ni trasladarles la responsabilidad de conseguir que quien les hace daño cambie su comportamiento.
También debemos escuchar cuando nos cuentan que han presenciado una situación de acoso hacia otro compañero. Podemos ayudarles a comprender qué está ocurriendo, cómo afecta a esa persona y por qué es importante buscar ayuda adulta.
El acompañamiento familiar tiene aquí un papel esencial.
Y conviene recordar algo: un conflicto puntual entre compañeros, una pelea y una situación de acoso escolar no son necesariamente lo mismo. Por eso es importante conocer lo que sucede y valorar adecuadamente cada situación.
Disciplina Positiva: educar con respeto mutuo, amabilidad y firmeza
En mis talleres con familias y profesionales de la educación insisto mucho en una idea: ser amables y firmes al mismo tiempo.
A veces confundimos la firmeza con el castigo, o pensamos que educar desde el respeto significa permitir cualquier comportamiento.
Pero podemos respetar a una persona y, al mismo tiempo, detener con firmeza una conducta que está haciendo daño.
La Disciplina Positiva nos propone educar a largo plazo, desarrollando habilidades sociales y de vida que ayuden a nuestros niños y niñas a ser personas capaces, responsables y respetuosas.
Eso implica enseñarles a cooperar, reconocer los sentimientos y necesidades de los demás, asumir responsabilidades y aprender a solucionar problemas.
En Navega hacia tu bienestar explico también las cuatro erres del castigo: resentimiento, revancha, rebeldía y retraimiento.
Cuando nuestra única respuesta ante una conducta inadecuada es castigar, podemos conseguir que se detenga en ese momento, pero debemos preguntarnos qué habilidades estamos enseñando realmente.
Esto no elimina las consecuencias ni las medidas de protección que deban adoptarse ante una situación de acoso. Nos recuerda que, además de intervenir, necesitamos seguir educando.
Una reflexión para familias y docentes
Me gustaría terminar con algunas preguntas.
¿Cuánto tiempo dedicamos a responder a los problemas de convivencia y cuánto a enseñar habilidades para prevenirlos?
¿Saben nuestros niños y niñas qué hacer cuando ven que un compañero está sufriendo?
¿Estamos creando espacios donde puedan expresar lo que sienten, participar y contribuir?
¿Les estamos enseñando a respetar a los demás desde el mismo respeto que les ofrecemos?
La prevención del acoso escolar necesita la implicación de toda la comunidad educativa.
Desde la Disciplina Positiva podemos contribuir a construir aulas donde cada niño y cada niña se sienta parte del grupo, tenga oportunidades para aportar y aprenda a cuidar sus relaciones con los demás.
Porque educar para la convivencia requiere práctica, constancia y adultos que acompañen desde el respeto mutuo.
Y ese trabajo empieza mucho antes de que aparezca el problema.
Conocer el acompañamiento a familias y los recursos de Disciplina Positiva
Bibiana Infante es psicóloga clínica colegiada, Entrenadora Líder Certificada en Disciplina Positiva por la Positive Discipline Association y fundadora del Centro Disciplina Positiva en A Coruña. Cuenta con más de 25 años de experiencia en psicología y acompañamiento familiar, y es autora de Navega hacia tu bienestar.