Si sientes que tienes que repetir todo mil veces, que tu hijo no escucha o que acabas gritando más de lo que te gustaría, no estás sola.
“Mi hijo no me hace caso” es una de las frases más frecuentes en consulta y en talleres de familias. Puede significar muchas cosas: que se niega, que tarda una eternidad, que discute, que parece ignorarte o que hace justo lo contrario de lo que le pides.
Antes de buscar una consecuencia o repetir otra vez la orden, conviene parar y entender qué está ocurriendo. Porque no siempre se trata de falta de respeto, de mala conducta o de que tu hijo “quiera retarte”.
A veces necesita más conexión, otras veces está cansado, frustrado o no sabe cómo hacer lo que le pides. Y, en muchas ocasiones, la situación se ha convertido en una dinámica repetida de órdenes, resistencia y enfado.
Por qué mi hijo no me hace caso y desobedece: razones del mal comportamiento
Cuando decimos que un niño “no hace caso”, a menudo nos referimos a que no hace lo que esperamos, cuando esperamos y de la forma en que esperamos.
Pero una misma conducta puede tener causas muy diferentes. Antes de interpretarla como desafío o desobediencia, merece la pena preguntarse qué puede estar pasando.
Puede estar cansado, tener hambre, sentirse frustrado, no entender bien lo que se le pide, necesitar más tiempo para cambiar de actividad o estar respondiendo a una dinámica que se repite demasiado.
Lo que a veces llamamos “mal comportamiento”, en muchas ocasiones son “comportamientos molestos para los adultos“ e incluso son comportamientos lícitos del momento evolutivo del niño. Por ejemplo, que un niño pequeño muerda, puede tener muchas causas “razonables para el niño”: no sabe hablar, le duelen los dientes, tiene hambre, sueño o fiebre… Sin embargo, en un niño mayor, sin ningún problema evolutivo, lo normal es que no muerda.
Por eso, en Disciplina Positiva se equipara el “mal comportamiento” a un iceberg. Donde en la parte de arriba, la punta encima del agua, es la conducta lo que se ve, lo que el niño/a hace. Pero debajo de esa punta, hay un trozo de hielo mucho mayor, lo que no vemos, y ahí se encuentran necesidades básicas no cubiertas, respuesta de nuestro cerebro primitivo, fases del desarrollo evolutivo, apego inseguro y, finalmente, si todo lo hemos descartado, podríamos hablar de la necesidad de pertenencia y contribución.
Lo que en Disciplina Positiva describimos como la necesidad de sentirme tenido en cuenta, que pertenezco y que además son útil, necesario y capaz.
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Qué hacer cuando tu hijo no te hace caso.
Cuando tu hijo no te hace caso, el objetivo no debería ser conseguir obediencia inmediata a cualquier precio. El objetivo es ayudarle a aprender a colaborar, respetar límites y gestionar la frustración sin que cada petición termine en una pelea.
Estas ideas pueden ayudarte:
Conecta antes de corregir
Cuando un niño está alterado, cansado o enfadado, le cuesta más escuchar. Antes de insistir, intenta conectar con lo que le está pasando.
Por ejemplo: “Veo que te cuesta dejar de jugar y es hora de preparar la cena.”
Conectar no significa retirar el límite. Significa mostrar que entiendes lo que siente mientras sostienes lo que necesita la situación.
Da instrucciones claras y concretas
“Compórtate bien” o “haz caso” son frases demasiado amplias.
Es más útil decir qué esperas exactamente: “Guarda los zapatos en el armario antes de sentarte a cenar” o “Necesitamos apagar la pantalla ahora para preparar la mochila”.
Haz preguntas cuando quieras fomentar responsabilidad
En lugar de ordenar automáticamente, puedes invitarle a pensar.
En vez de “Coge el abrigo”, prueba con: “¿Qué necesitas llevar para no mojarte si llueve?”
Las preguntas ayudan a que el niño participe y vaya aprendiendo a anticipar lo que necesita hacer.
Da opciones limitadas
Las opciones reducen algunas luchas de poder cuando ambas respuestas son posibles para ti.
“¿Quieres ponerte los zapatos antes o después de coger la mochila?”
“¿Prefieres recoger los bloques o los muñecos primero?”
No se trata de preguntarle si quiere hacerlo cuando no es opcional. Se trata de darle un pequeño margen de decisión dentro de un límite claro.
Actúa más y discute menos
A veces repetimos tanto que las palabras dejan de tener efecto.
En lugar de amenazar o dar un discurso largo, puedes mantenerte cerca, esperar y acompañar la acción.
Por ejemplo: “Cuando termine este capítulo, voy a apagar la televisión.” Después, cumple lo que has dicho con calma.
Valida sentimientos y mantén el límite
Puedes decir: “Sé que quieres quedarte en el parque y nos tenemos que ir.”
La amabilidad no significa ceder. Y la firmeza no significa humillar, amenazar o repetir una orden hasta que todos pierden el control.
Puedes profundizar en esta forma de poner límites en el artículo Cómo poner límites sin gritar ni castigar.
¿Qué apoyo puede ayudaros ahora?
Si queréis comprender mejor lo que ocurre en casa y contar con una base clara para límites, rabietas, pantallas, cooperación y discusiones, podéis conocer DP Family Training.
Es un programa online y en directo para familias que quieren dejar de improvisar y aprender una forma más clara de educar en el día a día.
Y si esta situación os está desbordando, se repite desde hace tiempo o está afectando a la convivencia familiar, podéis solicitar una sesión de psicología y acompañamiento familiar.
Como psicóloga familiar y Entrenadora Líder en Disciplina Positiva, Bibiana Infante acompaña a las familias para comprender qué está pasando, salir de las dinámicas repetidas y aplicar cambios sostenibles en su realidad cotidiana.
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Cuando el conflicto se repite cada día
Cuando cada tarde se repite la misma discusión por recoger, salir de casa, apagar pantallas, hacer deberes o preparar la cena, quizá no necesitáis otra norma.
Necesitáis hablar del problema en un momento distinto, no en plena discusión.
Buscad un rato tranquilo para pensar juntos qué está pasando, qué necesita cada persona y qué acuerdo podéis probar durante unos días.
Las reuniones familiares breves pueden ayudaros a dejar de buscar culpables y empezar a buscar soluciones. No hace falta hacerlo perfecto: basta con elegir un tema concreto, escuchar ideas y probar un acuerdo razonable.
Si tu hijo parece negarse a todo, también puede ayudarte leer Mi hijo no se porta mal: qué hay detrás de su conducta y cómo actuar sin castigos.
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